El origen de las “falsas noticias” en la negación del Holocausto

28/Mar/2017

Aurora, Alan Dershowitz (Gatestone Institute)

El origen de las “falsas noticias” en la negación del Holocausto

Las “noticias falsas” se han convertido en
un asunto de noticias reales. Pero no hay nada nuevo en las “noticias falsas”.
Los negadores del Holocausto han generado noticias falsas durante décadas. Los
negadores han financiado “investigaciones” “institutos”, “revistas”, libros,
revistas, videos, sitios web, noticias, todos diseñados para proporcionar una
pátina de respetabilidad académica a falsedades demostrables.
La empresa negacionista está dedicada a
“demostrar” que el Holocausto -el asesinato sistemático de más de seis millones
de judíos en cámaras de gas, disparos masivos, unidades móviles de matanza y
otros medios de implementar el genocidio cuidadosamente planeado- simplemente
no ocurrió. Todo es un “invento judío” para ganancias financieras y políticas.
Ninguna persona razonable con un mínimo de
inteligencia puede realmente creer que Hitler y sus co-conspiradores nazis no
planearon el exterminio masivo de judíos en la Conferencia de Wannsse y que no
lo llevaron a cabo en los campos de exterminio, como Treblinka, Sorbibor,
Majdanek y Auschwitz, Birkenau y las matanzas masivas como en el bosque de Babi
Yar.
Sin embargo, miles de personas, muchas con
títulos académicos y otras con posiciones de profesor, persisten en negar lo
innegable. Estos mentirosos profesionales se legitiman por algunos estudiosos
de renombre tales como Noam Chomsky, que no sólo defienden el derecho de estos
falsos historiadores a perpetrar sus mentiras maliciosas, sino que en realidad
prestan sus nombres a la calidad de la “investigación” que produce las mentiras
negacionistas. En una petición ampliamente difundida firmada por numerosos
estudiosos, Chomsky y los otros signatarios describieron realmente la falsa
historia del notorio negacionista Robert Faurisson, como “hallazgos” basados en
“extensas investigaciones históricas”, dándoles así un prestigio académico.
Yo también apoyo el derecho de
falsificadores de la historia para que presenten sus mentiras en el mercado
abierto de ideas, donde todas las personas razonables las rechazarán. La
Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos no distingue entre
verdad y mentira, al menos cuando se trata de acontecimientos históricos.
Pero, a diferencia de Chomsky, yo nunca
sueño con apoyar el contenido de estas falsas mentiras o la metodología
empleada por estos mentirosos. Chomsky puede ser alabado por defender el
derecho de quienes niegan el Holocausto, pero debe ser condenado por su
complicidad en dar credibilidad sustantiva y metodológica a sus falsedades
históricas.
El mercado es una cosa, pero permítanme ser
claro que no creo que cualquier universidad deba tolerar, en nombre de la
libertad académica, estas falsedades que se enseñan en el aula. No hay ni debe
haber libertad académica para cometer negligencia educativa presentando
mentiras probadas como hechos aceptables. Las universidades deben tener y
tienen estándares: ninguna universidad creíble toleraría a un profesor que
enseñara que la esclavitud no existía, o que la Tierra es plana. La negación
del Holocausto no cumple con ningún estándar razonable que merece la protección
de la libertad académica.
Esto no quiere decir que fuera del aula,
los académicos deban ser limitados en su producción de investigación, o se les
impida publicar afirmaciones improbables.
¿Cuál es la línea a trazar entre lo falso y lo
polémico?
Pero la cuestión difícil sigue siendo:
¿Dónde debe trazarse la línea entre hechos falsos y demostrables y asuntos
polémicos de opinión que pueden llegar a contener granos de verdad? ¿Se les
debe permitir a los profesores enseñar que hay diferencias genéticas entre
negros y blancos que explican las disparidades en los resultados? ¿Debería
permitirse al presidente de una universidad especular en público sobre las
posibles diferencias genéticas entre hombres y mujeres en cuanto a su capacidad
de trabajo en matemáticas y ciencia? (el ex presidente de Harvard, Lawrence
Summers, perdió su trabajo por eso). ¿Cómo deberían los medios tratar con
hechos obviamente falsos presentados por funcionarios públicos electos?
No tengo ningún problema con los cursos que
enseñan sobre el fenómeno de la negación del Holocausto – es después de todo
una preocupación generalizada – al igual que yo no tendría ningún problema con
los cursos que se enseñan sobre el fenómeno de la historia falsa, hechos falsos
y teorías de la conspiración. Pero el aula, con su audiencia cautiva de
estudiantes, no es un lugar apropiado para abrazar la idea de que el Holocausto
no tuvo lugar. El aula no es un mercado libre y abierto de ideas. El profesor
monopolista controla lo que puede y no se puede decir en su cerrado coto. En
consecuencia, el aula debe tener normas más rigurosas de la verdad que el
mercado del libro, o el Internet.
Los medios de comunicación responsables
deben comportarse de manera similar al profesor en el aula. Se debe informar
sobre el fenómeno de la negación del Holocausto, pero no deben por sí mismos
publicar afirmaciones sin fundamento de que no ha habido ningún Holocausto.
Pero no hay manera de imponer tales estándares en el Internet libre, donde la
negación del Holocausto es desenfrenada.
¿Cómo, entonces, se relaciona esto con el
fenómeno actual de noticias y hechos políticos falsos? ¿Cómo deben los medios
de comunicación, los académicos y el público en general lidiar con acusaciones
políticamente motivadas de que las “noticias” o “hechos” que publican son
falsos? ¿Quién, en una sociedad democrática libre y abierta, debe juzgar si las
noticias, los hechos, la historia u otras formas de expresión son falsas,
verdaderas total o parcialmente?
¿Realmente queremos que los “escuadrones de
la verdad” gubernamentales (o universitarios) facultados para cerrar los
puestos que están vendiendo productos falsos en el mercado de las ideas? Y si
no, ¿cuáles son las alternativas?
La censura es, por supuesto, una cuestión
de grado. Las instituciones podrán seguir con sus parámetros y estándares
imperfectos y la búsqueda de la verdad seguirá siendo un desafío.
En el mundo no regulado de Internet y las
redes sociales, no habrá normas universales ni censura que abarque todo. No hay
“editores” o censores en el mundo cibernético, y al final, el pueblo decidirá
qué creer, qué dudar y qué no creer, y no siempre tomarán decisiones sabias en
un mundo en el que la mentira se disemina a mucho más velocidad.
No hay una solución perfecta a este dilema.
Nunca ha habido, y me atrevo a predecir que nunca habrá.
La libertad de expresión y el mercado
abierto de las ideas no son una garantía de que prevalecerán la verdad, la justicia
o la moralidad. Lo más que puede decirse es que la libertad de expresión es
menos peor que sus alternativas como la censura gubernamental, los escuadrones
oficiales de la verdad o el cierre del mercado de ideas.